Entrenamientos para el maratón semana 13: Escucha tu cuerpo.

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Santi obró el milagro y pude participar en el medio de Miranda con plenas garantías. Planteé la prueba como un entrenamiento de calidad en el que los kilómetros más lentos: del uno al cinco y del diez al quince rodaría a 4:30, y los rápidos: del cinco al diez y del quince hasta el 21 lo haría a cuatro o más rápido. La carrera era una muy buena oportunidad de hacer pruebas, pues nada más cruel que aplicar el método científico en la maratón de tus sueños. Aprovecharía aquella agradable mañana de domingo para tomar el primer gel en carrera y testar mi verdadero estado de forma, reforzando la confianza en las posibilidades futuras.

          Al margen de sembrar el desconcierto entre muchos participantes conocidos, a los que adelanté en varias ocasiones a lo largo del recorrido la anécdota estuvo centrada en lo efímero de la presencia del gel milagroso en el estómago, pues su transitar resultó de ida y vuelta para mi desdicha. Apenas un km después de la ingesta expulsé aquella masa gelatinosa con la misma facilidad con la que me desprendería de un clínex tras varios usos fructíferos. La convicción de que debía comer en carrera me llevó a probar con varias marcas hasta dar con el brebaje presuntamente adecuado.

          Centrado en la preparación para el maratón de Berlín 2011, en una de sus primeras semanas, planteé un entrenamiento vespertino de dos horas de rodaje a un ritmo muy tranquilo. Durante la primera hora la compañía de Arantza garantizó un ritmo muy bajo y un ambiente muy agradable. Tras ese primer tramo tuve que reemplazarla por la música enlatada del MP3. Habíamos terminado de comer a eso de las 15:30 y desde entonces y hasta el inicio del entreno, a las 19:30, sólo ingerimos agua con sales. Señero ya en mi esfuerzo, con Bumburi sonando por castigo, incrementé el ritmo sin aparente dificultad. Fui dejando atrás el joven barrio de Lakua para adentrarme en los mágicos caminos que recorren el bosque de armentia. La mística del lugar favoreció un devenir despreocupado, con la única obligación de detenerme en cada fuente operativa con la que me topase. A Eso de la hora treinta y sin mediar previo aviso sentí una sensación de fatiga repentina que transformó el mero hecho de seguir corriendo en tortura similar a la que padecían los reos condenados al garrote vil. La lengua se tornó gruesa y pastosa, como de esparto, los ojos dejaron de fijar la vista en el infinito para clavarse sobre un asfalto cada vez más desdibujado. Corría por pura inercia, por la necesidad de no detenerme convencido de que parar a estas alturas sería garantía segura de no reanudar la marcha.

Me planté frente al frigorífico de la cocina con el único objetivo de comer, sin reparar en que o como. Devoré sin mesura chorizo, queso, salchichón, aceitunas, anchoillas, una barrita energética, un gel ,etc, comí con tal ansiedad que pronto la boca del estómago reivindicó su derecho a no ser bilipendiada. Acto seguido, sin solución de continuidad, el vómito comenzó a grafitear la sucesión de baldosas blancas, dando a la cocina un aspecto muy desagradable. Tardé dos días en reponerme por completo del episodio, pero su acontecer pedagógico reforzó mi firme propósito de comer en carrera, no después de ella.  

          En Berlín, adoctrinado por la experiencia, surtí el bolsillo trasero de la pantaloneta con 80 gramos de gel sabor manzana repartido en dos depósitos. El primero acompaño mi esfuerzo en el km 18, cuando aún la sensación de fatiga no estaba presente. Lamentablemente tardé dos kilómetros en lograr que el estómago bendijese su incómoda presencia. El segundo, en el 28, detonó una bomba estomacal que haría de las horas posteriores a su ingesta las más duras vividas en carrera. Mi inconsciencia me llevó a terminar la prueba, pero el final de la agonía estaba aún lejos, tardé casi dos horas en vomitar tanto veneno. Nunca había estado en tan buena forma, todo estaba controlado, o al menos eso creía, lamentablemente esto no fue así.

          Al regresar de Alemania tuve la ingrata obligación de hacer público mi fracaso en el maratón de Berlín, contando mi dolorosa experiencia a amigos y conocidos. Ni un minuto perdí en lamentar mi suerte, las derrotas están para aprender, no para quejarse. Trate de nutrirme de lo vivido, intercambiando opiniones con médicos doctos y corredores más veteranos. Sus apreciaciones, cargadas de tecnicismos y buena voluntad no terminaron de convencerme, pues es en la duda donde el ser humano mejores resultados obtiene. Comer o no comer en carrera, sólido, liquido o gaseoso, poco en claro saqué tras tantas pesquisas.

Alienado frente a la caja de una tienda de barrio, sujetando la cesta de la compra con ademán despreocupado escuché el gripo lejano de la dueña:

 

 -José Luis, que te vas a dormir, es tu turno.  

 

-perdona Asun.

 

-¿que tal en Berlín?

 

-Mal, lamentablemente muy mal.

Me vi abocado a contar una vez más un cúmulo de nefastas sensaciones con el mismo desdén con el que un médico de la red pública trata de quitarse de encima un incómodo paciente. Que si la preparación, que sí el calor, que si la puerta de Brandenburgo, que si el gel asesino…..

Contrariamente a lo que esperaba de Asun (tal vez por que en muchas ocasiones este tipo de preguntas resultan un mero formalismo, un gesto de educación y cortesía más centrado en agradar que en conocer) su interés resultó cierto. Me miró sonriendo y volvió a preguntar:

 

-pero, ¿nunca te había sentado mal ese gel?

-Lo cierto es que es el único que no vomito, pero siempre que lo he probado en entrenamientos largos me ha costado mucho digerirlo, ya sabes, lo pasaba mal un par de kilómetros hasta que todo volvía a la normalidad. Un mal necesario, como la democracia.

-No lo entiendo, tu cuerpo ya te lo estaba diciendo y ¿aún así lo has seguido tomando?, ¿Por qué no escucharte a tu cuerpo?.

 

Esa respuesta me paralizó,23 años corriendo, acumulando sinsabores y gratísimas experiencias, mejorando día a día y tratando de disfrutar de una pasión que trasciende lo argumentable, y una persona que nunca ha practicado deporte en su puñetera vida, que no se ha planteado ni tan siquiera bajar esos evidentes kilos de más que rodean sus derrotadas caderas toca con aparente simplicidad, sin despeinarse, la tecla que activa el brillo estelar de la piedra filosofal. En muchas ocasiones centramos nuestros esfuerzos en lograr, contra natura, la cuadratura del círculo, cuando la respuesta está en lo evidente. Como diría el gran Beto: lección de vida amigo Jusep.

-José Luis- Insistió Asun- escucha tu cuerpo.

-Nos ha jodido mayo con las flores.

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