Entrenamientos para el maraton semanas 7 y 8: el sitio adecuado en el momento oportuno.

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Durante las semanas siete y ocho el periodo preparatorio general continuaba reservándonos la incomoda compañía del tedioso trabajo de fuerza. Si sus resultados no fuesen tan evidentes hace tiempo que lo habría sustituido por una botella caducada de anís del mono. Entre el 24 y 31 de Agosto y el 1 y 6 de Septiembre dediqué seis productivos días a tensionar los músculos con una pesada barra soldada a las vértebras. Los discos golpeaban sobre la barra a cada alzada reproduciendo un sonido que terminaría interiorizando con absurdo agrado. El camarote de casa, sito en planta baja, se había transformado en un gimnasio sin cuota, y mis furtivas visitas nocturnas comenzaban a despertar la desinformada curiosidad de las vecinas más persistentes. Su ausencia de noticias terminaría, contra mi voluntad, por alentar rocambolescas teorías conspiratorias. Chismorreos al margen, tenía un plan que cumplir, y no estaba dispuesto a perderme en explicaciones más cercanas a la excusa, en oídos de quien no quiere oír, que amigas de la razón.

Trataba de ceñirme con extrema precisión al plan sin sentirme desubicado. A lo largo de la vida es imprescindible tener muy claro cual es tu sitio. Participe en la vigésimo primera edición de la media maratón de Lisboa convencido de que un circuito tan llano y a nivel del mar me proporcionaría la oportunidad de pulverizar mi mejor marca en la distancia. Me presente con tiempo en la estación de metro y enlace desde este con el tren para atravesar el puente 25 de Abril, jalón inicio de la prueba, ataviado con los colores de 42 y una sonrisa perezne que irradiba confianza. Al abandonar el tren para emprender un breve paseo de unos 10 minutos previos a la linea de salida me incorpore al anden integrando sin pretenderlo parte del torrente de corredores, en su mayoria de nacionalidad portuguesa, que pugnaban sin orden ni criterio por abandonar la estación de ferrocarril a lo largo de un escueto vomitorio localizado en el ala norte. Entre la multitud se agolpaban participantes tanto de la media maratón como de la prueba testimonial de siete kilómetros. Progresar un metro era cuestión de varios minutos y múltiples incomodidades. Al calor propio de un día soleado y viento sur en Lisboa se unía la axfisiante interacción de los cuerpos hacinados. Sorprendía ver, junto a atletas enjutos, señoras de avanzada edad y apariencia escasamente deportiva. Todos formábamos parte de un amasijo heterogéneo de cuerpos con un planteamiento de carrera a cual mas dispar. Me despedí de aquella estación harto de encajar golpes y acelere el paso con firmeza,corriendo a una velocidad nada acorde con un calentamiento. Breve fue mi progresión, breve mi algarabía, junto a una rotonda un nuevo tapón de cientos de corredores detenía el paso a la espera de que el único camino de acceso al puente, muy estrecho, se fuese liberando gota a gota. 25 minutos después, victima de incontables empujones, me planté ante el camino deseado.

El sendero presentaba un desnivel negativo y fuerte pendiente. Ante mi una madre primeriza luchaba por no atropellar con el carrito del bebe a los corredores que lo antecedían. A ocho metros del final del camino el alubión de corredores se detuvo súbitamente ante el cochecito del bebé. Los metros finales estaban flaqueados por un grupo de empinados escalones. La mujer se giró desconcertada, yo la miré sin saber bien que decir. Entre ambos sujetamos el cochecito por los dos extremos e iniciamos el descenso de los escalones con mucho cuidado. No tardamos demasiado en descender, pero a mi se me hizo francamente muy largo. Ya en el puente, a unos 200 metros de la salida, 20 minutos después del inicio de la prueba, mire al cielo, jure en arameo y apretando los puños con rabia exclame frustrado: ¡decididamente este no es mi sitio¡.

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