Archivo para Agosto 2009

El síndrome del enchufado

  

 

Las semanas pasaban con suma facilidad y el diagnóstico de mi dolor variaba con la misma fluidez que mi estado de ánimo. Los primeros días me dediqué a fijar una nueva prueba en la que alcanzar mi objetivo pasaporte. Descartada por la proximidad la media de Granollers pocas y poco esperanzadoras resultaban las alternativas a futuro.  

Eso es síndrome femoropateral, con el reposo remitirá. Ese fue  el primer diagnóstico esgrimido por el trauma. El reposo se alargaba tanto como el dolor, ¡desesperante¡. Un medico y otro y otro, pero idéntico resultado. Al final del largo túnel un gran amigo y mejor profesional médico determinó que mi problema tenía un origen biomecánico y que hasta que no corrigiese la pisada no podría mejorar de mis dolencias. En lugar de parar me instó a iniciar la carrera a pie centrando los mayores esfuerzos en ejercicios para potenciar el cuádriceps. La vuelta a la actividad,  el trabajo de potenciación muscular, el cambio de calzado y unas plantillas a medida obraron el milagro tres meses después de
la Sansilvestre de Vitoria. Demasiado tiempo para alcanzar el sueño, N.Y. parecía escaparse por este año.  

 Al tiempo que yo arrastraba mis miserias de galeno en galeno, Alberto afrontaba su tercer intento consciente de que los grandes retos lo son para cumplirlos. El escenario elegido,
la Media Maratón de Barcelona parecía satisfacer  todos los requisitos para alcanzar la gloria: prueba a nivel del mar, buena temperatura, grandes avenidas por las que transitar, importante grupo de atletas, ingredientes positivos,  pero no garantía de una buena marca.  

Olvidada ya la lesión, e iniciados los entrenamientos con normalidad, sólo echar la vista atrás me permite valorar tras un largo periodo de inactividad que la única certeza que persigue al popular es que si no corres no eres.   

 

Beto ¿a la tercera la vencida?:

Lo peor que le puede pasar a un corredor

Lo peor que le puede pasar a un corredor es que no pueda correr. El hermano de un compañero de trabajo yacía postrado sobre una roñosa cama de un hospital de segunda con la mirada fija, perdida, clavada sobre el blanco de un techo mal raseado cuando el Doctor entró en la habitación compartida. Anatoli suspiró, tomó aire con fuerza y rompió a llorar sin consuelo aparente. El galeno sorprendido se aproximó preguntando: -¿pero hijo, tanto te duele?. Anatoli continuó llorando aún con más fuerza y entre gemidos de desconsuelo sólo acertó a decir: -sé que no volveré a correr, lo sé.  

Lo peor que le puede pasar a un corredor es que no pueda correr. El dolor en mi rodilla izquierda llegó como lo hacen todos los dolores que vienen para quedarse, con sigilo, sin darse importancia. La primera tentación, la que se impone, es la que nos mueve a seguir entrenando a pesar del dolor. Fantaseamos pensando que con el hacer de los kilómetros remitirá luego vives la frustrante experiencia de regresar andando a casa, reflexivo, cabizbajo, planteando desanimado el modo de actuar a corto plazo. “Paro un par de días, unas cuantas tortillas de voltaren y el viernes como nuevo”.  Pero ese viernes mágico en el que el dolor remite y todo vuelve a ser como antes no llega. Recurres a la medicina, y la medicina recurre al diagnóstico, y el diagnóstico te traslada a un tratamiento y todo sigue un curso que se resume en un: “sí pero sigo sin correr”. Un buen amigo me significó en una ocasión que la medicina es la ciencia que nos mantiene ocupados a través de sus triquiñuelas mientras la naturaleza actúa y termina por curarnos. En esta ocasión la naturaleza parecía  haberse tomarse su tiempo, demasiado tiempo. Sólo hay una cosa peor para un corredor que no poder correr, y es no saber hasta cuando no podrá hacerlo.

El síndrome del enchufado: 

 

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